Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
07 de junio 2005

Son las ocho de la noche. El cacaraqueo de los gallos y el bullicio de los galleros presagia momentos de muerte y alegría. Es el destino de los protagonistas de las peleas de gallos. El escenario: la gallera La Hacienda, del barrio El Salado, en Ibagué.

Este rito de sangre y dolor, considerado por unos una fiesta bárbara y por otros una tradición cultural, nos lleva a buscar explicaciones en un desafío donde los gallos, como en los toros, son los protagonistas. En una noche se pueden realizar hasta 50 riñas que, por lo general, terminan con la muerte de uno de los dos contendores.

Los animales salen dotados de una gran artillería. Sus misiles, como los aviones de guerra, son las espuelas (una en cada pata) que miden entre 30 y 65 rayas (milímetros) y que son fabricadas en carey (único material permitido en Colombia). Sus puntas, que son más finas que agujas capoteras, son afiladas y calzadas con espadrapo, cera, parafina y líquidos pegantes.

Y cuando el juez, cuyos fallos son inapelables, ordena iniciar la pelea, las canciones son reemplazadas por los gritos en el redondel. Surgen las apuestas a granel, que religiosamente se pagan cuando termina la riña.

07 de junio 2005

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